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Escritos 2007

 

 
“Crónica de una muerte anunciada”
(el cuerpo en las crisis vitales)

(El presente trabajo constituye el Marco Teórico de la Tesina de Graduación de la Profra. Graciela Tocce como Consultora Psicologica)

“(...) Lo infantil tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva. 
El miedo es demasiado fuerte sin duda. Renunciar a encontrar una madre (...) Pero
 aceptar ser una mujer de 30 años ... Me miro en el espejo y parezco una adolescente.
 Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad.”
 
Del Diario de Alejandra Pizarnik. Buenos Aires, 30 de abril de 1966.

Hipótesis General:
 
La renuncia al cuerpo infantil, marcada por un ineludible proceso biológico, es uno de los tantos duelos que tienen que atravesar los adolescentes para convertirse en adultos (duelo que se verá actualizado en el adulto, a la hora de tener que “velar” su cuerpo joven)   Pero no siempre este inevitable desarrollo anatómico del cuerpo humano se ve acompañado por un proceso psíquico de aceptación “normal” del nuevo cuerpo. 
Desde un punto de vista psíquico, “el cuerpo” no es sólo un cuerpo físico, superficie limite entre nosotros y los otros, sino que es ante todo una representación y una construcción mental, que nos “apercibe” del paso del tiempo. Por lo tanto el cuerpo, en cuanto representación mental, siempre es un cuerpo “histórico”.
Pero, ¿qué sucede cuando la representación mental que tenemos del cuerpo no coincide o no acompaña el desarrollo anatómico? ¿Cómo trabajamos con el aquí y el ahora de una crisis, cuando el duelo que se atraviesa remite, directamente, a condiciones y situaciones pretéritas? ¿Al actualizar estas condiciones dentro del ámbito de la consulta, no se las está haciendo presentes? ¿Cuál es la concepción de tiempo y de cuerpo que adoptamos cuando trabajamos en la consulta?

Marco Teórico

1.- La concepción fenomenológica y las teorías sobre “el cuerpo propio”
Desde la perspectiva fenomenológica el cuerpo es el medio u órgano de la percepción. Él está presente en toda percepción.  “El cuerpo es el punto cero de todas las orientaciones” - dice Husserl - Es el aquí a partir del cual se perciben todos los objetos espaciales o imaginados, por lo tanto todo el mundo sensible.
Toda cosa que aparezca tendrá una orientación con respecto a él. El cuerpo propio como un aquí intuido (en el sentido de percibido) coloca a todas las cosas en un allí, pero él mismo no es un allí, sino que es una suerte de punto límite en el que convergen todos los allí. Este punto límite es, además, un aquí  invisible a sí mismo en todos sus escorzos (lados, caras), dado que nos es imposible alejarnos de nuestro cuerpo propio.
El cuerpo es, entonces, una objetividad subjetiva dada su cercanía y especial relación con el yo,  pero es el yo el que tiene la facultad de mover su cuerpo propio. Es decir que en esta concepción el yo es como un piloto que mueve su cuerpo como a una máquina. El yo gobierna al cuerpo y el cuerpo es sede del yo

Desde la descripción fenomenológica, todo lo que hay que decir queda del lado del yo, cuando en realidad lo que se pretendía era describir al mundo tal y como se nos presenta. Pero resulta que hay un objeto fenoménico que no puede ser descrito porque es invisible a sí mismo. O sea que para describir al cuerpo propio 1) hay que suponer a un otro que mire o 2) suponer una construcción de parte del sujeto de sus zonas invisibles a partir de su cuerpo propio. Es aquí donde Husserl introduce el concepto de alter ego, del otro como otro yo, que por lo que venimos diciendo, debería definir la intersubjetividad. Pero no es así. El otro es en rigor un otro cuerpo percibiendo mi cuerpo propio.

El problema teórico aquí suscitado se presenta a causa de la dicotomía cuerpo - yoobjeto - sujetocuerpo - alma; dicotomía que supone una relación jerárquica en la cual las valoraciones del yo (sujeto, alma) gobiernan -son jerárquicamente superiores - a las del cuerpo-objeto, organismo.
Aquí el cuerpo es sólo un instrumento; un órgano para percibir y movernos espacialmente, pero de jerarquía inferior al yo que es el que gobierna en él.

La incidencia de la teoría fenomenológica sobre la psicología tuvo su primer gran exponente en Merleau-Ponty, quien toma la concepción de cuerpo propio expresada más arriba. Sin embargo se da cuenta de las dificultades conceptuales que ella importa y trata de conciliar la dicotomía desde una perspectiva que no escinda al sujeto del objeto. En su obra Fenomenología de la Percepción , Capítulo IV: “El cuerpo como expresión y la palabra”, trata de demostrar la estrecha vinculación entre el gesto, la imagen verbal, el pensamiento y el habla. Así, observa que, el gesto y el habla son un pensamiento explícito. La palabra es un emblema,  cuerpo del pensamiento, y no un signo del pensamiento como el humo lo es del fuego, sino que están envueltos uno dentro del otro. 
Aquí tenemos un verdadero intento de unificar sujeto y objeto, pero aún no se ve muy claro cómo funciona ésto, dado que la teoría fenomenológica de la que se parte no lo permite.
En realidad se sigue concibiendo al sujeto como formado por compartimientos estancos, acotados y definidos, entre los que sigue habiendo una jerarquía que va desde lo mecánico-orgánico a lo sublime.

Otro problema teórico proviene de las llamadas Psicologías del Yo. En esta vertiente interpretativa el acento está puesto en una pretendida unificación del yo como yo corporal, pero además como yo todo conciencia
Desde esta perspectiva, el sujeto es objeto de sí mismo. O sea que todas las funciones del sujeto identificadas con su yo corporal son susceptibles de ser conocidas. Esto se logra por medio de la reflexión y la introspección, o sea por la posibilidad que tiene el yo de ser autoconciente. No se tiene en cuenta que el sólo hecho de no poder dar un vuelta alrededor de nosotros mismos, deja a una zona del cuerpo en estado de desconocimiento subjetivo, tan cierto como que nadie se puede ver la espalda. La representación mental de esta parte del cuerpo, como de la propia mirada, o de nuestro cuerpo propio como totalidad es sólo un construcción a partir del espejo o de un otro cuerpo, que escasamente puede dar cuenta del propio, tan sólo porque no soy yo.
Aquí el yo forma una unidad cerrada con su cuerpo (con lo visible de él), susceptible de ser concebida en todas sus fases. Esto implica que cada yo tiene esta facultad y por lo tanto, la interioridad de todos y cada uno de los yoes puede ser develada, ya sea por medio de la reflexión o en el vínculo terapéutico con un otro yo. 

En esta interpretación de las funciones yoicas no se presenta conflicto alguno: el objeto es sujeto y el sujeto es conocido. Sin embargo, esta forma de entender al yo como lugar de la certeza, anula la posibilidad de conceptualizar lo que no vemos, por lo tanto, de conocer en sentido estricto lo que escapa a la representación. 
La psicología del yo, a este respecto,  podría ser expresada del siguiente modo: por conciencia se entiende todo lo que el sujeto dice de sí mismo; lo que el yo corporal en un acto reflexivo y voluntario, expresa. Ahora bien, “uno siempre dice más de lo que ha querido decir u otra cosa” y esto no tanto por adherir a alguna corriente de la psicología profunda, sino por un hecho de orden lingüístico. Esto es que, cuando hablamos tenemos la posibilidad de utilizar metáforas, condensar significados y significaciones, que exceden la literalidad.   

Volveré sobre estos conceptos. Antes de ello, me detendré en algunas conceptualizaciones teóricas acerca del tiempo, dado que si el cuerpo es un aquí, siguiendo la tradición fenomenológica, es presente y se presenta como un ahora.

El tema del tiempo, mucho antes de Heidegger y de Einstein, fue tratado por Kant, Fauerbach y Hegel. Brevemente diremos que antes de estas conceptualizaciones, el tiempo era concebido de manera lineal. Había un pasado, un presente y un futuro, establecidos en una secuencia temporal, en la que el presente era una suerte de punto bisagra que anudaba lo que fue con lo que aún está por venir. El problema de esta concepción radica en que, debido a su propia naturaleza, el presente se convierte en pasado mucho antes de que uno pueda terminar de leer esta frase. Es decir, no hay posibilidad de puntuar en cada momento este punto bisagra, porque al intentarlo, ya pasó. Su destino es ser pasado antes de que podamos capturarlo.
Esta paradoja teórica, de serias implicaciones tanto para la Filosofía como para la Ciencia de la Física (y obviamente, también para la Psicología), fue tratada por Hegel, quien cambia el paradigma del tiempo lineal por el de espiral dialéctico. En esta concepción, el pasado está en el presente y el presente consiste en una superación del pasado. Superación, en el sentido hegeliano, implica que algo del pasado se conserva y se resignifica. Dicho de otro modo, no hay forma de pensar el presente si no es en relación al pasado, puesto que el primero es el límite convencional y arbitrario del segundo.
De este modo, así como concebimos al ser humano como una unidad bio-psico-social, también debe ser concebido como una unidad temporo-espacial, en la que lo que unifica es la historia: reconocerse como yo corporal a través del tiempo. No se trata de la simple aceptación del que soy aquí y ahora, porque el que soy supone al que fui, que a veces (muchas) suele coincidir con el que me gustaría seguir siendo. De esto se trata, en gran medida, en las crisis vitales que estamos estudiando.

2.- La conciencia de sí mismo y la existencia del otro:

Según Sigmund Freud: “El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; el mundo externo, capaz de encarnizarse con nosotros en fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; (y) por fin, las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizás no sea menos doloroso que cualquier otro ...” [1] 

Vamos a tomar dos de las tres causa del sufrimiento, apuntadas por Freud: la conciencia de nosotros mismos como seres perecederos y la conciencia de la existencia del otro.   Ahora bien, paradójicamente, es la existencia de este otro la que posibilita el ingreso del sujeto a la cultura y a la vida en comunidad. 

Para todo ser humano, el primer objeto de amor
[2] es la madre, la que a partir de su propio cuerpo, recorta el cuerpo de un otro en estado de indefensión, su hijo. Es decir, es la íntima relación con el cuerpo de la madre y el hecho de nacer dentro del universo del lenguaje, lo que posibilita al sujeto reconocerse como un otro diferente, que sin embargo comparte con el resto de sus semejantes, las mismas características y atributos de la especie.
Subrepticiamente, hemos introducido un elemento en nuestro desarrollo que es necesario analizar: el hecho de que además de la presencia del cuerpo de la madre, del que provienen las sensaciones de placer, saciedad, privación, ternura, enojo, etc., exista otro cuerpo, el del lenguaje. 
Tenemos entonces que el individuo construye su cuerpo a partir del contacto con el cuerpo de un otro que satisface sus necesidades (o lo priva en su demanda de ser satisfecho). A esto lo denominamos función materna. Por otro parte, solo será un individuo autónomo por derecho propio, cuando a través de este contacto primordial, pueda reconocer las partes de su cuerpo, a partir de la incorporación de un lenguaje y un cuerpo de normas (límites) socialmente compartidas. A esto lo denominamos función paterna. [3]

Hablamos de función en un sentido lógico matemático (“para todo X entonces f (x)”) puesto que la función materna-paterna  no debe confundirse con la figura concreta de los progenitores, sino que remite a sus posibles subrogados, es decir a toda persona que en la vida del sujeto haya desempeñado dicha función, sean o no sus padres biológicos.  
En conclusión, el otro nos posibilita la conciencia de un cuerpo propio a partir de su propio cuerpo y  nos ingresa a la cultura vía la incorporación del lenguaje. 
Así, somos ingresados a la cultura en posesión de un cuerpo del que somos concientes. Y es esta conciencia de nuestro cuerpo propio la que es fuente de sufrimiento, tal como lo expresa el texto de 1929, El malestar en la cultura, que hemos citado al inicio de este ítem. 

Unos catorce años antes, Freud escribía Lo Perecedero. En este artículo, no se dedicó a describir las vicisitudes del yo en tanto yo corporal, como lo hizo en 1923, al publicar El yo y el ello, sino que más bien dará su visión acerca de la corruptibilidad de lo bello.
“Sabemos que esta preocupación por el carácter perecedero de lo bello [...] puede originar dos tendencias psíquicas distintas. Una conduce al amargo hastío del mundo [...]; la otra, a la rebeldía contra esa pretendida fatalidad. [...] Todo eso ha de poder subsistir en alguna forma, sustraído a cuanto influjo amenace aniquilarlo” [4] Freud advierte que esta pretensión de eternidad no se compadece con la realidad y agrega que, también lo que resulta doloroso puede ser cierto, pero que este hecho no desvaloriza lo bello, sino que más bien incrementa su valor. “La cualidad de perecedero comporta un valor de rareza en el tiempo. Las limitadas posibilidades de gozarlo” [...] “En el curso de nuestra existencia vemos agotarse para siempre la belleza del humano rostro y cuerpo, más esta fugacidad agrega a sus encantos uno nuevo.”

Según el propio autor declara en este artículo, los amigos con los que paseaba por la campiña - un adulto taciturno y un joven poeta - no quedaron muy contentos con estas inobjetables razones freudianas acerca de la corruptibilidad de las cosas. 
Más allá de la anécdota y de la resignación casi zen de Freud al respecto, hago mías las palabras que podemos leer unos párrafos antes de la finalización de este texto, cuando señala que “la libido se aferra a sus objetos y ni aún cuando ya dispone de nuevos sucedáneos se resigna a desprenderse de los objetos que ha perdido. He ahí pues el duelo.” 
Ahora bien, toda crisis supone un duelo. Algo de lo que fuimos, muere. Pero también algo de lo que fuimos se resiste a morir y esto, no sólo porque hay que resignar el cuerpo infantil (en el caso de los adolescentes) o el cuerpo joven (en el caso de los adultos que ingresan a la mediana edad), sino que este es también el duelo anticipado por el cuerpo viejo que alguna vez seremos. En este sentido, cada crisis vital nos enfrenta a lo inevitable. La muerte definitiva y anunciada desde el comienzo de nuestra existencia.

Peter Blos analiza estas cuestiones en el Capítulo 17 de su trabajo sobre La transición adolescente
[5] y dice que una de las cuatro tareas evolutivas que el adolescente tiene que afrontar, de manera conjunta, para convertirse en adulto es la relacionada con el reconocimiento de la continuidad yoica. De este modo, hacia el final de esta crisis vital, el adolescente se forma su propia opinión sobre su pasado, presente y futuro. El pasado será sometido a un examen retrospectivo de realidad histórica, lo que posibilitará el advenimiento del hombre conciente de sí mismo, que por primera vez se percata de su vida ordinaria y al mismo tiempo única, que se entiende entre el nacimiento y la muerte. Por eso, “la denominada angustia existencial, no puede experimentarse antes de la adolescencia; lo mismo ocurre con el sentido de lo trágico.”

En el Capítulo 2 de este mismo trabajo, Blos desarrolla el concepto de regresión como función adaptativa de la etapa adolescente y caracteriza este proceso como la recapitulación forzosa que hace operar al yo evolucionado sobre los conflictos, angustias y culpas infantiles y agrega que “este proceso desemboca en una afirmación del principio de realidad y en la aceptación de la muerte.” [6] 
Sin embargo no hay que entender esta recapitulación forzosa o regresión en un sentido patológico, ni como “la búsqueda laberíntica del pasado perdido” [7] La regresión sólo sirve a los fines del aflojamiento y diferenciación yoicos con respecto a la representaciones objetales infantiles, que permitirán al sujeto alinearse con su ideal del yo y dejar de lado las rígidas exigencias súper-yoicas a las que estuvo ceñido durante la niñez.
En este mismo sentido, también entiendo la historicidad del yo corporal. “Por su propia índole, la regresión es un proceso ilimitado e interminable, en tanto que el progreso sólo es asegurado por la creciente delimitación del self” [8]. No se trata, entonces, de volver al pasado, porque este ya ha sido resignificado por las experiencias presentes y como tal se ha perdido para siempre, sino de su inscripción perdurable en el aquí y ahora de un cuerpo histórico.

Una de las pruebas más conmovedoras de que el pasado está presente en las experiencias del sujeto se encuentra en el análisis de los casos que Peter Blos presenta en el Capítulo 13, en el que habla de la concreción adolescente. Allí el autor muestra cómo el pasado cercano de los adolescentes concretantes, modela sus conductas actuales al punto de repetir lo que no se entendió o le fue ocultado, deliberadamente, al sujeto. En la concreción, el sujeto recrea la escena “faltante” en la reconstrucción de su historia, que ahora (en su adolescencia) debe ser examinada, como dijimos antes, a los fines de llevar a cabo una de las cuatro tareas evolutivas que le permitirán acceder a la adultez.
Con otras palabras, Carl Jung expresaba lo mismo cuando adviertía que: “Lo que no se comprendió, retorna. Su sombra sigue existiendo”  [9]
Las piezas faltantes del pasado, encajan en el rompecabezas, cuando el sujeto accede a la verdad y, en todos los casos estudiados y analizados por Blos, lo que el paciente “actúa” es esa parte de su historia que le ha sido negada intelectiva y afectivamente.
“Eddy, de quince años de edad, era un ladrón de automóviles [...] chocó con un auto robado y estuvo a punto de matarse. (Ya antes había hablado de suicidarse) Al referirse a su accidente, Eddy adoptó una actitud indiferente y divertida: le gustaba jugar a cortejar a la muerte.”  Todo lo cual llevó a su madre y a su padre adoptivo a presentarlo ante la justicia.
“El padre de Eddy había muerto cuando este tenía dos años y medio. A lo largo de los años se le dieron muchas versiones sobre esa muerte, en ninguna de las cuales él pudo creer totalmente, [...] el niño sabía que no se le había dicho la verdad.” Lo cierto es que el padre de Eddy era un ladrón profesional especializado en violación de domicilios. Un día en que conducía su automóvil, transportando mercancía robada, fue casualmente seguido por una patrulla policial. Tuvo miedo. Aceleró para huir y perdió el control del auto. Se estrelló contra un muro de piedra y murió.
Eddy reprodujo casi exactamente lo que le había ocurrido a su padre, de lo cual, supuestamente, no tenía conocimiento.

Podríamos pensar que, lo que enferma, insiste y repite, es no poder hablar de eso que nos ha sido ocultado y que vía las identificaciones, pasó a formar parte de nuestro inconsciente, pero que a la sazón, forma parte de nuestra historia. El inconsciente está hecho en gran medida de recuerdos. Por eso Sigmund Freud afirma en Tres Ensayos para una teoría sexual que “la conciencia no tiene memoria.”

Volviendo a Blos, podríamos decir que la concreción se constituye en un lenguaje privado, en el que la acción ha usurpado una función lingüística, por vía de la condensación de elementos determinantes. En ella no hay sólo un desplazamiento, sino una enunciación del recuerdo, un pensamiento, junto con una recapitulación evolutiva. Por eso puede ser interpretable verbalmente, dado que pensamiento y acción son en ella equivalentes.

El aparente rodeo teórico realizado en este ítem, nos ha permitido avanzar hacia conceptos que -si hubieran sido enunciados antes- sólo podrían considerarse como afirmaciones infundadas. Esto es que, no sólo no es posible trabajar con el aquí y el ahora, sin el reconocimiento de las huellas del pasado, sino que además tampoco es posible hacer un avance sustancial en los tratamiento sin el reconocimiento de que esas huellas son inconscientes, pero interpretables, porque están estructuradas como un lenguaje.

2.1.- El lenguaje como cuerpo y el cuerpo como lenguaje:

Teniendo en cuenta todo lo antes expresado, podemos decir que “el lenguaje es un cuerpo incorpóreo, que al incorporarse nos da un cuerpo”. Para interpretar esta frase, pensemos en el lenguaje como un cuerpo normativo, en el sentido que es a través de él que incorporamos normas. Ahora bien, la frase dice que el lenguaje es un cuerpo incorpóreo, dado que su incorporación está más allá del órgano del habla. De hecho, la psicopatología da testimonio de que hay individuos que hablan y que sin embargo no han incorporado el lenguaje como cuerpo normativo, portador de prohibiciones y hay otros, que careciendo del órgano (los sordo-mudos, por ejemplo) sí las incorporan. 
Esta afirmación a continuación agrega  “que al incorporarse (el lenguaje) nos da un cuerpo”. Es decir que ese cuerpo normativo, transmitido por vía del discurso, impacta en el individuo como un todo, dado que el niño nace en el seno del lenguaje, rodeado por otros que hablan y le hablan. Así el sujeto es aquel de quien se habla y es quien, gracias a ello, llegará a hablar. 

Se deviene sujeto, entonces, por efecto del discurso, por ese impacto masivo que hace en nosotros el lenguaje. El sujeto no accede al lenguaje de forma gradual, sino que lo incorpora como un todo, de una vez y para siempre; pero sólo podrá comenzar a hablar cuando pueda reconocer, a partir de ese todo, partes.
Ahora bien, ¿cómo llega a incorporarse este cuerpo de normas que es el lenguaje a fin de poder establecer relaciones con los objetos? 

El pichón humano establece relaciones con su cuerpo y con el resto de los objetos del mundo a través de un otro. Este otro, al igual que el lenguaje, media entre él y los objetos del mundo de dos maneras: a) procurando la satisfacción de sus necesidades y b) nombrándolo, o sea, enseñándole a hablar.
Por lo tanto, los seres humanos no nos enfrentamos al mundo como el resto de los animales. El hombre es portador de un lenguaje y este hecho produce una suerte de desorganización en el mundo de los objetos sensibles. Para el sujeto humano la relación con los objetos no tiene el signo de la inmediatez (satisfacción de necesidades inmediatas básicas), sino que el objeto está siempre mediado por el lenguaje.
El lenguaje, lejos de hacernos más accesibles los objetos, impone entre ellos y el sujeto un cuerpo de normas, que establecen cómo deben ser utilizados e interpretados dichos objetos y, por sobre todo, establece prohibiciones con respecto a ellos.

Dijimos que el otro es el portador del lenguaje y que es a través de ese otro que el sujeto aprende a hablar. Pero además, es gracias a este otro, a sus caricias y cuidados, que el sujeto construye su yo corporal. El sujeto percibe que es amable y deseable para ese otro. El otro a través de su cuerpo torna al sujeto en un objeto valioso. Es a partir de este acto de reconocimiento, que proviene del campo del otro, que el sujeto reconoce su propio cuerpo. Pero, además, el sujeto va diferenciando su cuerpo a partir del cuerpo de este otro que media entre él y el mundo. En este sentido el cuerpo es una proyección del sujeto y no una superficie biológica constituida a partir del nacimiento de una vez y para siempre. [10] 

El cuerpo se construye en un proceso, por identificación con una forma que está afuera, que está en el otro. Por eso decimos que: “El lenguaje es un cuerpo incorpóreo que al incorporarse nos da un cuerpo.”
Si el cuerpo se construye a partir del lenguaje, entonces es perfectamente lógico que cuando no podemos poner en palabras algo que nos afecta, sea el cuerpo el que hable a través del síntoma. Nunca más cierto que en la construcción del síntoma, el axioma de Watzlawick que enuncia que “es imposible no comunicar”, aunque el síntoma sea algo más que un discurso analógico como lo es lo gestual. Porque el síntoma no es mera metonimia, sino que, retomando lo que habíamos anticipado en el ítem II.1., es metáfora. 

Desde un punto de vista semiótico, la metáfora como figura retórica se diferencia de la metonimia en que, el desplazamiento de sentido que se establece en ella no forma parte del mismo universo discursivo, cosa que si ocurre en la segunda. Tanto una como otra pueden ser consideradas, en su aplicación al ámbito terapéutico, lenguajes mudos (gesto – síntoma), en los que el efecto de sentido dado por el desplazamiento de un significado a otro se da en una por analogía y en otra por condensación. Sin embargo, la analogía es posible porque se desliza por el mismo territorio discursivo. Puedo decir no o negar con la cabeza, por ejemplo, o puedo expresar que no estoy interesada en algo o hincarme de hombros, para dar a entender lo mismo, en la seguridad de que mi interlocutor ha de comprender de una u otra manera lo que he querido significar. Esto se debe a que ambos actos son convenciones compartidas por todos los hablantes dentro del mismo universo discursivo. Por el contrario, la metáfora condensa en su estructura mensajes que no son comparables dentro del mismo universo y lo que expresa es un significación particular (a veces hasta desconocida por el propio sujeto emisor) no compartida convencionalmente por todos los hablantes. La metáfora, por lo tanto, requiere de una interpretación. En ella habita algo que es preciso develar, un enigma. Por eso es que cuando de metáforas se trata uno dice más de lo que ha querido decir (en un sentido fáctico-pragmático) u otra cosa

El síntoma es una cifra oculta, una metáfora de lo que le sucede al sujeto, que une y condesa cuestiones que pertenecen a distintos universos: el discursivo simbólico por un lado y el del órgano físico vulnerado, por el otro. Ahora bien, también resulta que ese órgano forma parte de un cuerpo incorporado intrapsíquicamente como un lenguaje, he ahí su posibilidad de despliegue y remisión a través de la intervención terapéutica.

Volviendo a  Watzlawick, esta imposibilidad de no comunicar, toma un giro extremo en el síntoma. El síntoma es el alarido del cuerpo, cuando el sujeto siente que se han agotado las posibilidades de las instancias discursivas. Dicho crudamente, cuando el yo es el único destinatario (receptor) de lo que sin éxito intentaba comunicar, lo no dicho parece volverse contra el emisor y el sujeto enferma. En este sentido, podríamos considerar que el síntoma es un lenguaje no decodificado, aunque decodificable.

Articulación Teórico y Análisis del Trabajo de Campo 

ADVERTENCIA (Lo que se ofrece a continuación no constituye todo el material con el que he trabajado, (en total 6 entrevistas y 20 encuestas) dado que muchos de los datos recolectados durante el trabajo en campo podrían exponer a los consultantes que han querido participar en éste, confiándome cuestiones personales que he querido proteger. La entrevista que transcribo a continuación cuenta con la aprobación del entrevistado para su publicación y es transcripta a modo de ejemplo. Los profesionales interesados en recibir la versión completa de esta Tesina  pueden enviar un mail haciendo Clic Aquí o a través de la Sección Contáctenos.) 

Antes de entrar de lleno al análisis del material es necesario hacer una salvedad: de ningún modo se ha pretendido, a través del modesto trabajo de campo que hemos realizado, abarcar todos los aspectos desarrollados en el Marco Teórico, dado que la amplitud de la hipótesis de partida no se puede agotar con este acotado muestreo. Por lo que, tanto las entrevistas como las encuestas tienen un carácter ilustrativo más que demostrativo de la Hipótesis General. Corroborar cabalmente la contundencia de esta hipótesis requeriría un tarea de investigación exhaustiva que sólo puede realizarse desde la clínica, entendida como un estar junto al que padece.

Sin embargo, este hecho, en algún sentido, tiene en sí mismo fuerza demostrativa. Esto es que, el cuerpo, en tanto histórico, se resiste al instante. El despliegue de sus vicisitudes a través del tiempo no puede ser capturado en el aquí y el ahora de las entrevistas o en la visión general que nos brinda una encuesta.
Con todo, en los recorridos que siguen, algo de él hemos logrado captar.   

“Así como te quiero, te odio”
( Cuerpo y brecha generacional)

La siguiente entrevista fue tomada a un joven de 20 años, que luego de completar la Encuesta me comentó algunos hechos de su historia.
Este adolescente -al que llamaré Martín, para proteger la confidencialidad de los datos que me aportara- había escrito en la encuesta que en la pubertad se sentía mejor con su cuerpo porque estaba más delgado, pero que eso se debía a que en ese momento consumía drogas. Durante la entrevista me comentó que los años previos a su desarrollo habían sido muy penosos. Su padre solía golpear a su madre con frecuencia, tratándola de “puta”. El cree que esto se podía deber a que su madre tenía un amigo con el que se veía a menudo y que esto generaba los celos de su padre. Lo cierto es que la madre de este joven, murió en circunstancias confusas para él, cuando tenía 10 años.    

Durante los años previos a la muerte de su progenitora y hasta los 17 años, el joven tenía arranques de furia que lo llevaban a golpear a su hermana (dos años mayor que él), a sus compañeros de escuela y a una chica con la que había iniciado un noviazgo a los 15 años. Estos arranques de furor lo sumían inmediatamente en prolongadas depresiones que, por no encontrar otro modo de solución y sin contar con la contención familiar adecuada, resolvía “empastillándose”. Estas conductas tuvieron consecuencias graves para Martín, quien fue expulsado del colegio primario aún en vida de su madre y suspendido en cuarto año del secundario, por lo que se recibió de bachiller un año después que sus compañeros. 

Martín
refiere que durante esos años le era muy difícil comunicar sus emociones y que con su padre no se podía hablar por era un “cascote”. También me comentó que en la familia del padre “las cosas se arreglaban siempre a las trompadas” y que algunos de los varones de la familia paterna tenían conductas adictivas y negocios fuera de la ley, de los que el joven se enteraba abiertamente. “Son todos medio mafiosos. Mi familia parece la de Alcapone.” 
Luego me comenta que, después de la agresión a su novia, había comenzado una terapia que aún continúa y que había dejado el consumo de psicotrópicos. Le pregunté qué lo había llevado a golpear a la chica. “No sé. –respondió- Yo le venía diciendo que cuando me viera mal no me jodiera. Pero ella se ve que no me creyó. Pasa que yo, así como te quiero, te odio”.   
Agradeciéndole la buena voluntad que había tenido al aportarme esos datos de su historia, lo despedí. “¿Servirá lo que te dije?”-me preguntó antes de irse. Le respondí que todo lo que me había confiado era para mi sumamente valioso.
En este momento Martín, está en terapia, trabaja en la empresa de su padre, tiene el proyecto de seguir estudiando y ponerse de novio. 

El análisis de la breve entrevista con este joven me permitió articular su historia vital con el concepto de brecha generacional, desarrollado por Peter Blos, conjuntamente con otros dos conceptos relacionados con el anterior: el de regresión forzosa y el de pulsión agresiva.
Sucintamente, se denomina conflicto generacional al aflojamiento de los lazos objetales infantiles. Este proceso lleva al adolescente a realizar la tarea normativa que conocemos como segundo proceso de individuación y es a través de la resolución de este conflicto que el adolescente puede alcanzar la madurez. Por el contrario, los actos de rebeldía y agresión son con frecuencia el resulto de rupturas violentas de la dependencia infantil e indican la adopción de un mecanismo al que Peter Blos dio el nombre de brecha adolescente. Este mecanismo no es defensivo, dado que no es funcional a los intereses del yo evolucionado. 
 Los individuos que adoptan la existencia de una brecha generacional, evitan con ella el conflicto y su resolución, porque carecen de preparación para abordar la regresión normativa o recapitulación forzosa. El miedo “mortal” ha quedar sumidos en la regresión, en estado de indiferenciación yoica, los lleva a la opción de una ruptura total con el pasado, el autoexilio espacial y el absolutismo opositor.

Martín
tenía, a mi criterio, pocas posibilidades de resolución del conflicto generacional y recurrió a las drogas como autoexilio espacial. Toda vez que se deprimía, huía de su realidad por medio de la ingesta de psicotrópicos. Las identificaciones con su padre y otros subrogados paternos, tampoco le ofrecieron un punto de apoyo, sino que agudizaron sus conductas violentas y un bajo dominio sobre la pulsión agresiva, derivada del instinto de muerte. Las frases “Son todos medio mafiosos. Mi familia parece la de Alcapone”, ilustran estos conceptos. Además, él se vio imposibilitado de hacer el duelo por los padres infantiles, porque el objeto fundante de esta tramitación, su madre, murió en “circunstancias confusas” luego de haber sido sometida a maltratos durante años por su padre.

El segundo proceso de individuación de Martín, más que a los tumbos, se hizo a los golpes, como si el único modo de recortarse de los otros significativos y no quedar en estado de indiferenciación, fuera golpear (los). En la familia de mi padre, “las cosas se arreglaban siempre a las trompadas”, refirió.
Obviamente, como resultado de todo esto, la ambivalencia pulsional primaria ( amor incondicional-odio irreconciliable) no pudo verse atenuada, cosa que grafica cuando dice que “Pasa que yo, así como te quiero, te odio”. 

En cualquier caso, lo que estaba en juego en todo el penoso tránsito de Martín por su adolescencia temprana, era  su propio equilibrio psíquico dado que los mandatos del superyó no tenían cómo ser suplantado por los del ideal del yo, dadas las característica reales de su padre, a quien el mismo tilda de “cascote”. ¿Que remedio tenía este joven que pagar con su cuerpo, anestesiándolo y hacer pagar a los otros (objetos ambivalentes), propinando maltratos a sus cuerpos, para atenuar así su propio sufrimiento? Después de todo, uno, ¿no es acaso y en gran medida, resultado de lo que aprende?    

Conclusión
 

“Me preocupa profundamente la posibilidad de que las ciencias sociales (...) se utilicen para controlar
al individuo y despojarlo de su personalidad.” 
Carl R Rogers

“El psicoanálisis ha adherido siempre con firmeza y pasión a la tradición humanista”,
dicePeter Blos en los primeros párrafos del capítulo en el que trata sobre la concreción adolescente. Personalmente, no estoy tan segura de que esto sea cierto, dado que dentro del humanismo se inscriben las Teorías Fenomenológicas y las Psicologías del yo, que parecen no adherir a ciertos fundamentos básicos de la Teoría Psicoanalítica. Como sea, creo que además de poner el cuerpo en la relación terapéutica, como consultores, hay que dar lugar, escuchar, por así decir, lo que tiene para decirnos el cuerpo del cliente en la consulta. Porque el que padece, no sólo sufre por el problema acuciante que no puede solucionar, sino que lo porta y lo soporta sobre su cuerpo propio. Quizás sea por eso que el destino del cuerpo es envejecer. Quizás lo que envejece no es sólo la entidad biológica, que también somos, sino que son los problemas los que se van haciendo carne y deterioran al cuerpo.

Un profesor que tuve, al que admiraba profundamente - desaparecido ya a causa de un cáncer de piel - en su primera clase cuando cursaba las Prácticas Asistenciales, en la Especialización en Psicología Clínica con orientación Psicoanalítica de la UBA, dijo: “El Psicoanálisis no es una cirugía estética, sino que es una cirugía mayor”. 
Yo creo que esto está muy bien, pero creo también que no es lo mismo que la sutura sea hecha por un cirujano plástico que por cirujano a secas. Si vamos a hacerlo, hagámoslo lo mejor posible. Que la intervención sea todo lo profunda que tenga que ser, pero que la cicatriz no se note.    Porque, así como la destreza del cirujano radica en relación entre el ojo y la motricidad fina; la destreza del terapeuta es “auscultar” en el sentido originario del término “ascoltare”.     Ascoltare (escuchar) es en italiano sinónimo de “escoltare”, cuyo significado es centinela. Podríamos decir, entonces, que el que escucha, escolta, no sólo al sujeto que padece, sino al cuerpo mortificado por ese padecimiento. El que escolta sostiene, es decir, da soporte  al hablante que se nos presenta a la consulta con su cuerpo propio.

Desde que nacemos el cuerpo es la superficie sobre la que se tramitan toda suerte de improntas emocionales y afectivas, por ende, sobre el que se construye nuestro psiquismo. Por eso, apenas nacido, el cuerpo comienza a agonizar. Y, hasta donde se sabe, somos los únicos seres concientes del paso del tiempo.

 El duelo por el cuerpo del pasado (por el cuerpo infantil), el que ya no tendré; el cuerpo que duelo en cada crisis vital, el cuerpo de goce, el cuerpo de placer y el cuerpo doliente. No se trata entonces, sólo del duelo causado por una metamorfosis, sino que se trata de la conciencia de lo perecedero en el cuerpo. La muerte inevitablemente presente en él desde el comienzo, en cada uno de nosotros.


[1]
)   FREUD, Sigmund: El malestar en la cultura, Op. Cit. Págs. 3024 infra y 3025.
[2]   Usamos el término “objeto”, tal como lo emplea la teoría psicoanalítica, para designar al otro en general. En este sentido, el otro no será para el sujeto otro sujeto de amor u odio, sino un objeto (de amor-odio). Es decir, objeto es todo lo que puede ser vivenciado como proyección del yo. Este es el sentido de la frase “los objetos son función del sujeto”.
[3]   Hablamos de función paterna o función materna y no de padre o madre, porque cualquier individuo ingresado a la sociedad portará las inscripciones de esas funciones, más allá del hecho concreto de tener o no padres. En tanto que habla un lenguaje compartido, decodificable por su entorno, la inscripción ha tenido lugar. 
[4] FREUD, Sigmund: Lo perecedero, Op. Cit., Tomo VI, pág. 2118.
[5] BLOS, Peter: La transición adolescente, Ed. Amorrortu, Buenos Aires – Argentina, 1981, Cap.17 “Cuando y cómo termina la adolescencia, págs. 327 a 340.
[6] BLOS, Peter, Op. Cit., pág. 25.
[7] BLOS, Peter, Op. Cit., pág. 335. 
[8] BLOS, Peter, Op. Cit., pág. 25.
[9] JUNG, Carl: El hombre y sus símbolos, Trad. Luis E. BAREÑO, Ed. Paidós, Segunda Edición, 1997.
[10] FREUD, S.: El yo y el ello, Op. Cit., pág. 2709.
 
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA 
 
ABERASTURY, Arminda y KNOBEL, Mauricio: La adolescencia normal (un enfoque psicoanalítico), Ed. Paidós Educador, Buenos Aires- Argentina, 27° reimpresión, 2006, Capítulos 2 a 5.
 
BLOS, Peter: La transición Adolescente, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1981, Capítulos 1, 2 , 13 y 17.
 
CRUZ VELEZ, Daniel: Filosofía sin supuestos (de Husserl a Heidegger) , Ed. Sudamericana, Buenos Aires- Argentina, 1970.
 
DOLTO, Francoise: La causa de los adolescentes, Ed. Six Barral, Buenos Aires- Argentina.
 
FERRATER MORA, José: Diccionario de filosofía, Ed. Alianza S.A., Madrid - España, 1990.
 
FREUD, Sigmund: Obras Completas, Madrid-España, Ed. Biblioteca Nueva, trad. Luis LÓPEZ BALLESTEROS, 1979. Tomo IV: Tres ensayos para una teoría sexual: “La metamorfosis de la pubertad”. Tomo VI: Lo perecedero.Tomo VII: El yo y el elloTomo VIII: El malestar en la cultura. La sexualidad femenina. 
 
GALENDE, Emiliano: Sexo y Amor. Anhelos e Incertidumbres de la intimidad actual, Ed. Paidós, Buenos Aires- Argentina, 2001, Capítulo 1: El llamado a “la guerra entre los sexos”; Capítulo  2: La feminidad y la libertad del sexo que conmueve a los hombres.
 
HALEY, Jay: Terapia no convencional, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1980.
 
JUNG, Carl: El hombre y sus símbolos, Trad. Luis E. BAREÑO, Ed. Paidós, Segunda Edición, 1997
 
MERLEAU-PONTYFenomenología de la percepción, trad. Jem CABANES,Barcelona - España, Ed. Península, Serie Universitaria, 1975, págs. 87 a 219,  Primera Parte: El cuerpo.
 
ROGERS, Carl R.: El proceso de convertirse en persona, Ed. Paidós, Segunda Edición Argentina, 2003, págs. 117 a 132 y 301 a 311.
 
WINNICOTT, D.W.: Realidad y juego, Ed. Gedisa – Psicoteca Mayor, Buenos Aires – Argentina, 1972, págs. 93 a 116 y 147 a 155.
 





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